MINIFICCIONES DE JOSÉ BELTRÁN PEÑA

JOSE BELTRAN PEÑA

MINIFICCIONES DE JOSÉ BELTRÁN PEÑA

Los minitextos, pueden clasificarse como: minicuentos, que tienen una estructura lógica y secuencial, aunque no siempre presentan la estructura de los cuentos de extensión convencional, es decir que suelen concluir con una broma o con una paradoja (Felipe Buendía, Carlos Eduardo Zavaleta, Jorge Díaz herrera, Ana María Intili y Armando Arteaga, entre otros); microrrelatos que tiene un sentido alegórico y un tono irónico (Isaac Goldemberg, Fernando Iwasaki, etc). Estos textos pueden llegar a no contener una historia, sino una parodia de historia (por ejemplo, César Vallejo en Contra el secreto profesional, Mario Guevara, José Adolph), un aforismo (Julio Ramón Ribeyro, José Beltrán Peña) o greguerías (Abraham Valdelomar) o una parábola (Alfonso La Torre),etc; minificciones hibridas que yuxtaponen elementos de minicuentos y microrrelatos (como Las adivinanzas, de Manuel Mejía Valera, donde se parodia el juego infantil como vehículo del poema en prosa).

   No todos los textos hiperbreves son minicuentos, algunos se acercan a otras clases textuales que, en mayor o menor medida, participan de su misma característica: el poema en prosa, la crónica periodística, la anotación, el aforismo, la boutade, la alegoría, etc; una literatura sin fronteras, según palabras de Beltrán Peña, o, quizá mejor de frontera, que cuestiona una visión conservadora, jerarquizada del centro, a favor de una concepción excéntrica, desestabilizadora de toda practica cultural, podría verse la minificción como un acto contestatario.

Dra. Giovanna Minardi. Universidad de Palermo – Italia. (En: Breves,brevísimos. Antología de la  Minificción Peruana.)

Adán al levantarse de su ataúd JOSE BELTRAN PEÑA
VI
Adán al levantarse de su ataúd se dio cuenta que había vuelto a morir.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

CÉSAR VALLEJO - JOSÉ BELTRÁN PEÑA
IX
                                                        A César Vallejo
Es tan jodido el poeta que comenzó a roncar
universalmente después de muerto.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

EL CUENTO RESPIRABA JOSÉ BELTRÁN PEÑA
I
El cuento respiraba.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

El silencio gritaba JOSE BELTRAN PEÑA
III
El silencio gritaba.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

En una milésima de segundo la paz JOSÉ BELTRÁN PEÑA
V
En una milésima de segundo la paz reinó totalmente entre los hombres.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

JUICIO FINAL JOSE BELTRAN PEÑA
X
Con el tamborear de nuestros corazones,
las luces de nuestras auras y las melodías
de la naturaleza, no necesitaremos ningún
aparato ni instrumento musical para la
fiesta del juicio final.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

La sociedad le bajó el dedo sentenciándolo JOSÉ BELTRÁN PEÑA
0
La sociedad le bajó el dedo sentenciándolo a muerte y siguió viviendo.
Le ahorcaron y siguió sonriendo.
Le amputaron los pies y siguió caminando.
Le sacaron los ojos y siguió viendo.
Le cortaron la lengua y siguió hablando.
Le extirparon el cerebro y siguió pensando.
Le pulverizaron los dedos de la mano y siguió escribiendo
Le tasajearon el corazón y siguió amando.
Pero, siempre hay un pero,
asesinaron al Libro y falleció el Hombre.
MINIFICCIONES DE JOSÉ BELTRÁN PEÑA.

 

Los académicos de la lengua JOSE BELTRAN PEÑA
IV
Los académicos de la lengua, quitaron la palabra “emigrante”
del diccionario, cuando se dieron cuenta que  nunca  salía el
Hombre del planeta Tierra, era su única casa y cementerio.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

LULU LLORÓ JOSE BELTRAN PEÑA
VIII
Lulú lloró como una Miss Mundo al saber que era de plástico
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

Se durmió y el dinosaurio se despertó quedándose allí JOSE BELTRAN PEÑA
II
                                              A Augusto Monterroso.
Se durmió y el dinosaurio se despertó quedándose allí.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

Sólo cuando un mono se comporta salvajemente JOSE BELTRAN PEÑA
VII
Sólo cuando un mono se comporta salvajemente, se parece al hombre; es una maldición viva, habiendo evolucionado de él.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

XI LA MUERTE ES EL COMIENZO DE LA VIDA JOSÉ BELTRÁN PEÑA FOTO FANNY JEM WONG
XI
La muerte es el comienzo de la vida.
Minificciones De José Beltrán Peña.

 

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POEMAS DE MARCO MARTOS

UN POEMA DE MARCO MARTOS AL PORTUGUÉS

UN POEMA DE MARCO MARTOS AL PORTUGUÉS

MARCO MARTOS·

Propercio compara a Cintia com o mar da tranquilidade

Voce vem das profundidades dos tempos,

lembras as montanhas da lua,

com sua luz ambarina da noite

distribuindo a serenidade.

Voce se move no mundo dos fatos,

levas os pergaminos, os papiros,

a todos os cantos do imperio,

voce é luz, sol, estrela, ouro,

agua do mar da tranquilidade.

 

SOBRE CÉSAR VALLEJO por marco martos

SOBRE CÉSAR VALLEJO

POR MARCO MARTOS

En las primeras décadas del siglo XX en toda América Latina aparecieron movimientos literarios que eran los abanderados de una renovación, especialmente en la poesía. Los más conocidos e influyentes fueron el estridentismo en México con Maples Arce, el creacionismo en Chile que dirigía Vicente Huidobro, el ultraísmo en Argentina, capitaneado por Jorge Luis Borges, los poetas brasileños de la Semana de Arte Moderno en 1922. Y hubo en el el Perú, un poeta que él solo equivale a esos movimientos literarios: César Vallejo con su libro “Trilce”, también de 1922. En 1925 un poeta de Jauja, Clodoaldo Espinoza Bravo escribió “Vallejo hará escuela y será el vallejismo”. Y esas palabras, menos conocidas que las de Antenor Orrego, similares, fueron proféticas. Más allá de las modas, pasajeras como lo dice su propio nombre, Vallejo, con las marcas de esas modernidad que no ponía títulos a los poemas, que los numeraba, que intercalaban neologismos con arcaísmos, que incorporaba a la escritura fragmentos balbuceantes de la oralidad, logra, ya en esos años, una poesía honda, conmovedora, intensa, única que ha pasado casi cien años, durando sin marchitarse gracias al fervor de sucesivas generaciones de lectores y críticos, diseminados en todos los rincones del orbe en muchas lenguas. “Trilce” es un libro que divide en dos a la literatura española, en un antes y un después, como ocurre con “Tierra baldía” de Eliot en la lengua inglesa. Y marca el inicio de la sostenida poesía prodigiosa que escribió Vallejo hasta 1938, año de su muerte.

OFIDIO POR MARCO MARTOS

OFIDIO POR MARCO MARTOS
He soñado con una serpiente que moraba en una gran botella,
una diosa congelada, con dos cabezas y dos lenguas punzantes,
tenía el cuerpo blanco que lucía sus esplendores en esos vidrios trasparentes,
moteada de verde y de negro, cuerpo de aceitunas en los vinagres.
Venía mucha gente y le hacía reverencias a la diosa bicéfala.
Pasaban los oficiantes con bandejas que lucían cirios encendidos
y aceites perfumados. Las sacerdotisas recibían los saludos
y el ofidio movía sus ojos diminutos, inquietantes.
En el silencio de la noche, el brujo fumó sus tabacos,
mezcló en la marmita, con mano diestra, los brebajes,
y la pócima llamada soga de la muerte, ayahuasca,
quedó lista para satisfacer a los cófrades. De nada más me acuerdo.
Cuando desperté, encontré escrito este poema.
La letra era mía y los temblores de cada línea.

marco martos carrera poeta peruano LA BÚSQUEDA

LA BÚSQUEDA

MARCO MARTOS

Parece que busca a una mujer

en todos los municipios de Medellín,

en Caldas, en Envigado, en Sabaneta,

sabe que aquí está la dama de sus sueños,

pero tiene rostro impreciso, entre tantas brumas.

El temor lo invade, tal vez no pueda reconocerla,

tantas bailan cumbia y tienen acento colombiano.

La tarea es inmensa, puede demorar años.

Tal vez sea una científica, bióloga, matemática,

¡Dios sabe! ¡Y nadie puede ayudarlo!

Ahora está en el Parque Berríos,rodeado

de las desconcertantes esculturas de Fernando Botero.

Aparece una muchacha delgada, de insolente belleza.

¿Será ella? ¿Será ella?

 

 

EL MILAGRO DE UN GATO NEGRO POR MARCO MARTOS CARRERA

EL MILAGRO DEL GATO NEGRO POR MARCO MARTOS·

Casi habla mientras maúlla

ese gato negro que pulula

por las estancias, cuando me espía,

agazapado, en el orgánico vestíbulo,

una selva de objetos raros,

de sillas de mimbre y de plantas,

en la casa de los principios,

allá lejos, entre mamparas y lámparas.

En la boca trae hojas de eucalipto

y se desliza suavemente

por el piso de madera de cedro

y ¡oh milagro! enciende la chimenea

con sus ojos que son carbones

en la tibia noche lóbrega.

En todos los espacios se difumina

un olor a bosque, a humus de la tierra, a lavanda.

Arquea entonces el lomo oscuro y se frota

con afecto animal en mis largas piernas,

sorprendidas, muy sorprendidas y espantadas.

 

DESPEDIDA DE SERGUEI ESENIN LENINGRADO

DESPEDIDA DE SERGUEI ESENIN LENINGRADO,HOTEL INGLATERRA, NAVIDAD DE 1925

Suena el acordeón. Parte a la fiesta.

Muchachos se deslizan entre pobos.

Campesinas preparan sus arrobos.

En las nubes la luna sube enhiesta.

Lúgubre, con su ropa bien medida,

Esenin siente música lejana

solo con la cabeza que desgana

en encontrar un verso despedida.

Sobrevivir no es importante, dice,

morir tampoco. Sangre, tinta roja,

se quedan en la cenefa que ya puebla

el opimo banquete que desdice

el triunfo de la vida que lo aloja

mientras lo roe el humo de la niebla.

CARTUJO, LOS LUNES POR MARCO MARTOS

CARTUJO, LOS LUNES POR MARCO MARTOS

Te pedimos que seas un cartujo,

muy moderado potro de la pampa,

tu palabra nos llueve, nunca escampa,

no hay materia ni dioses sin tu influjo.

Ser tan amigos tuyos es un lujo,

buscamos escaleras y la rampa

para llegar tan alto sin la trampa:

ganar tu voluntad con un orujo.

Te pedimos que seas lo que quieras:

prior de los monjes fuertes de cantina,

esos de pinta fina de gomina

que van a la biblioteca o a las eras.

Solo los días lunes los cartujos

mucho hablan y nos dicen sus embrujos.

 

CARTA MORAL A LUCILIO. ESCRIBE SÉNECA

 

CARTA MORAL A LUCILIO. ESCRIBE SÉNECA. (40 D C.)POR MARCO MARTOS

Solitario y débil

el buey viejo

quiere pasto tierno

y los hombres,

no muy diferentes,

somos alimento

diario de la muerte.

Nuestros cocineros

circulando entre los fuegos

preparan manjares para muchos

y los labriegos en Sicilia

y en África, y acaso más allá

del mar de las tinieblas, siembran

hierbas aromáticas, hortalizas y frutales

para alimentar a Roma y a las ciudades

de los cuatro confines

en cada uno de los imperios.

Cada quien defiende con los dientes

su verdad en el foro.

Con discursos y denuestos

los antagonistas se acompañan.

La mujer discute con el marido.

Ambos escuchan el eco

de dos voces y como eso no les basta,

engendran al hijo entre sollozos.

Condición del hombre es estar solo,

vivir lo breve en la incertidumbre.

En cualquier cosa que hagas,

Lucilio, pon tus ojos en la muerte.

Consérvate bueno.

calles de Schorndorf_EL ABISMO POR MARCO MARTOS

EL ABISMO POR MARCO MARTOS
Si caminas por las calles de Schorndorf con los cabellos mojados,
corres el inmenso peligro de quedarte congelado en los principios de año,
cuando celebras con tu uniforme de cosaco la llegada de la nieve
en medio de la algarabía de los niños que hacen sus muñecos de hielo.
Y si te descuidas un poco más y sales sin abrigo, con tus alardes,
puedes terminar en una clínica respirando con un balón de oxígeno,
pasando de lo sano a lo enfermo en un abrir y cerrar de ojos.
Caminas hacia el abismo y el abismo te desea, eres su alimento,
el más anhelado, si tú no hubieras nacido, el abismo nada fuera,
existe porque lo han creado los seres humanos con su conciencia de ser
lo casi perfecto y acabado. Pero el abismo te abraza
mejor que una novia feliz el día de su boda.
De nada te sirve protegerte, guardar tus cuidados.
Cada día que pasa te vas acercando.
Abajo, en lo más profundo, está Martín, el que lo ha dicho y diseñado.

11 EL PUENTE DE LA INFANCIA POR MARCO MARTOS_

EL PUENTE DE LA INFANCIA

POR MARCO MARTOS·

Hubo un puente que se lo llevó el río

en una de las avenidas del verano.

Fue el año del señor de 1894,

cuando se volvieron verdes los candentes arenales.

Ignacio Merino, el pintor famoso, en París

había acumulado muchos francos. Amenguó

su riqueza, sus grandes billetes, su oro en barras,

y mandó a hacer el puente de duro metal rojo.

Ese fue el puente de mi infancia

en el corazón del siglo XX.

Tenía bancas de metal y de madera,

y en las noches del estío despejadas,

la luna espléndida se detenía en lo alto

bendiciendo a los amantes

que iban inventando el amor eterno.

Todo era lento en ese puente, los viandantes,

que iban y venían de Tacalá a San Miguel de Piura,

el paso de las estaciones que se parecían,

los gritos de los niños inacabables,

la tempestad de la noche con sus grillos.

Todavía el Río Bar permanece calladito,

con sus luces verdes en las madrugadas.

 

10 HORMIGAS POR MARCO MARTOS

HORMIGAS

POR MARCO MARTOS·

Las hormigas están siempre de fiesta,

todos los días, en casa de los enemigos

que las quieren matar.

Tienen hambre, mucha hambre,

y roban mantequilla, azúcar, carne,

cómo les gusta el cuerpo de los grillos,

de los negros escarabajos, de las cucarachas.

Levantan sus laberintos, sus despensas,

las cámaras para las reinas que todo lo merecen.

Nunca ceden al cansancio, ni tienen orgullo individual.

Trabajan para el hormiguero, para los zánganos

que esperan el otoño para emprender

junto con las reinas el soñado vuelo nupcial.

Las hormigas disfrutan yendo y viniendo,

las reinas se van poniendo cada día más bellas

y los machos esperan la muerte,

porque esa es su alegría, besar y acabar.

 

4 LÁNGUIDO LICOR POR MARCO MARTOS

LÁNGUIDO LICOR

POR MARCO MARTOS·

Está César Vallejo Mendoza sentado en un recoveco de la biblioteca,

un lánguido licor lo acompaña, oscuro, áspera fuente del saber.

A su lado Omar Jayyam escancia los ríos de la vid. Guardan silencio los amigos

y súbito empiezan a parlotear. Los gobiernos de los emires son iguales

dice Jayyam y Vallejo replica: dudo, con Descartes dudo, es mi profesión.

Pongámonos de acuerdo en algo musita el persa: la vida pasa y luego nada queda,

absolutamente nada, ni un grano de la arena del desierto. Así es, o así

nos parece que es, admite Vallejo, pero la vida continúa y los testigos

de un tiempo preciso no la vemos. Sí, conviene Jayyam, la vida

se contiene en las esencias que duran poco, pero son eternas,

como la belleza sacrosanta de la mujer. Es verdad dice Vallejo

y se queda moviendo la cabeza, resistiéndose a dormir.

3 NAUSÍCAA POR MARCO MARTOS

NAUSÍCAA

POR MARCO MARTOS·

Tu vienes de las arenas de Homero

y trajiste a nuestras vidas la maravilla.

Te soñé entre el agua verde y cana

y las rocas de la playa,

cuando la aurora de rosáceos dedos

empieza a iluminar la vida de los hombres,

y así permaneces en los ojos

como la llama de la esperanza

que no cede al sufrimiento

y que crece y se multiplica

en el amor de los otros.

Verte me alegra tanto

que me quedo mudo

y te bendigo y hay agua y sal

en mi cara y arena de Homero

que se mezcla en mis papeles.

2 LA MUERTE DE NESTOR MARCO MARTOS CARRERA POETA PERUANO -POEMA A SU PADRE

MUERTE DE NÉSTOR

POR MARCO MARTOS·

 

Se ha ido Néstor.

No hace mucho también se fueron Leoncio y Roberto.

A los tres los recuerdo llevándonos a los churres

a correr como locos por el cauce del río seco,

al tiempo que nos decían por vez primera

el sagrado nombre de las cosas:

sapo, lagartija, chilalo, algarrobo.

Más tarde Néstor me enseñó a leer.

Inventaba para mí los más hermosos cuentos.

Por él imagino a Piura, su ciudad, mi ciudad,

viajando en alfombra voladora.

En las tardes del estío, bajo el sol de fuego,

mi rey vencía al suyo, solo porque él quería.

Fue bueno, como el padre de cualquiera.

Fue bueno. La gente lo sentía.

Y tú mi pequeñín,

mañana cuando crezcas,

ojalá pienses de mí

lo que pienso de tu abuelo.

 

2 EL CAMINO DE LA NIEVE POR MARCO MARTOS CARRERA

EL CAMINO DE LA NIEVE

POR MARCO MARTOS

El camino de la nieve

El camino de la nieve ¿adónde me llevará?

Imagino una casa de madera,

un fuego moderado y una taza de café.

Pero sobre todo, me encantaría,

Nausícaa, hablar contigo

como lo hacíamos antaño

bajo el árbol de jacarandá.

 

1 Onza, yaguarundi, gato moro o leoncillo - MARCO MARTOS POEMA DE EL LIBRO DE ANIMALES ZUZÚ LA ONZA

Marco Martos

Poema de “El libro de animales” que, editado por Cátedra Vallejo
Zuzú, la onza
Te vi con tus pasos de terciopelo de onza,
deslizándote silenciosa en el empedrado,
yendo de grupo en grupo, levantando sonrisas
entre todos los animales que no sabían que existen
hembras tan finas, preciosas, delicadas,
que son el extremo de la belleza en el bosque.
En las ciudades es más raro ver onzas de piel moteada,
y observarte, por lo tanto, sonriente entre los hombres.
Pero tú hablas y tu voz es tan precisa
que parece dicha por una actriz en un gran teatro.
Entonces los muchachos te hacen zalemas
y estallan los aplausos a tu paso.
Los más audaces te entregan ramos de rosas rojas
que tu amplia sonrisa agradece.
Tú has nacido para traer alegría a la gente,
estando en algún patio o escenario preciso,
necesitas apenas hablar para llenar los silencios
de la ternura que nace de tu hermosura.
Quien te vio un día a fines de un verano,
te sigue viendo y admirando en todas las estaciones.

1 La bahía de Ilo por MARCO MARTOS CARRERA

LA BAHÍA DE ILO POR MARCO MARTOS

 

Pasaría todos los días de mi vida

contemplando la bahía de Ilo,

en el sur del Perú, descubriendo bondades.

Hay un momento intenso en la mañana:

el cielo se apelmaza con el mar en una divina cópula

y se distinguen dos azules de maravilla debajo

de una montaña de luz que alegra los corazones

y las almas de las mujeres y de los hombres.

Peregrino de tantos mundos bendigo la belleza

de estas aguas tranquilas de ribazos y oquedades.

 

No entres docilmente en esta noche quieta

Dylan Thomas – No entres dócilmente en esa noche quieta
DYLAN THOMAS – NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA
No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.
Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.
Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.
Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
Mis ojos también vieron cosas que nadie podrá ver jamás
 y los tuyos y los tuyos también.

Milenio

Dylan Thomas – No entres dócilmente en esa noche quieta (bilingüe)

Do not go gentle into that good night

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of…

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ENDRE ADY EL PIANO NEGRO

ENDRE ADY -EL PIANO NEGRO
ENDRE ADY
EL PIANO NEGRO

ENDRE ADY
EL PIANO NEGRO

Zumba alunado, gime, relincha.
Escape quien no tenga vino.
Este es el piano negro.
Ciego maestro lo estruja y agita.
Esta es la melodía de la vida.
Este es el piano negro.
El zumbido de la cabeza, mis lágrimas de luto,
mis deseos agitándose en fiesta de difuntos,
todo esto, todo, es el piano negro.
A su compás se derrama la linfa
de mi zigzagueante corazón de vino.
Este es el piano negro.

Sangre y oro
Suenan en mi oído del mismo modo
goce jadea, pena boquea,
oro chirría, sangre chorrea.
Entiendo y digo que es Todo
y todo lo demás ni modo:
sangre y oro, sangre y oro.
Todo muere, pasa todo,
gloria, canto, lucro, logro.
Perduran solo sangre y oro.
Pueblos perecen, renacen a poco.
Santo el valiente quien siga mi modo
y siempre profese sangre y oro.

 

JAIME SABINES -ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES

Algo sobre la muerte del mayor Jaime Sabines

PRIMERA PARTE

I

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la
alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.

Nos echamos a andar y no paramos
de andar jamás, después de medianoche,
en ese pasillo del sanatorio silencioso
donde hay una enfermera despierta de ángel.
Esperar que murieras era morir despacio,
estar goteando del tubo de la muerte,
morir poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no
dormías,
ni túnel más espeso de horror y de miseria
que el que llenaban tus lamentos,
tu pobre cuerpo herido.

II

Del mar, también del mar,
de la tela del mar que nos envuelve,
de los golpes del mar y de su boca,
de su vagina obscura,
de su vómito,
de su pureza tétrica y profunda,
vienen la muerte, Dios, el aguacero
golpeando las persianas,
la noche, el viento.

De la tierra también,
de las raíces agudas de las casas,
del pie desnudo y sangrante de los árboles,
de algunas rocas viejas que no pueden moverse,
de lamentables charcos, ataúdes del agua,
de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,
viene Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijos,
derrama su corazón en la copa de su vientre.)

De los huesos también,
de la sal más entera de la sangre,
del ácido más fiel,
del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado,
del hígado y del llanto,
viene el oleaje tenso de la muerte,
el frío sudor de la esperanza,
y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.
Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar.)

III

Siete caídas sufrió el elote de mi mano
antes de que mi hambre lo encontrara,
siete veces mil veces he muerto
y estoy risueño como en el primer día.
Nadie dirá: no supo de la vida
más que los bueyes, ni menos que las golondrinas.
Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,
hijo de Dios desmemoriado,
hermano del viento.
¡A la chingada las lágrimas!,dije,
y me puse a llorar
como se ponen a parir.
Estoy descalzo, me gusta pisar el agua y las piedras,
las mujeres, el tiempo,
me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba
(si es que tengo una tumba algún día).
Me gusta mi rosal de cera
en el jardín que la noche visita.
Me gustan mis abuelos de Totomoste
y me gustan mis zapatos vacíos
esperándome como el día de mañana.
¡A la chingada la muerte!, dije,
sombra de mi sueño,
perversión de los ángeles,
y me entregué a morir
como una piedra al río,
como un disparo al vuelo de los pájaros.

IV

Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,
Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,
que se divierte arrojando dardos
a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,
a las ingles multitudinarias.

Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer
en la raíz del cuello, sobre la subclavia,
tubérculo del bueno de Dios,
ampolleta de la buena muerte,
y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.
El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,
es sólo un instrumento en las manos obscuras
de los dulces personajes que hacen la vida.

En las cuatro gavetas del archivero de madera
guardo los nombres queridos,
la ropa de los fantasmas familiares,
las palabras que rondan
y mis pieles sucesivas.

También están los rostros de algunas mujeres
los ojos amados y solos
y el beso casto del coito.
Y de las gavetas salen mis hijos.
¡Bien haya la sombra del árbol
llegando a la tierra,
porque es la luz que llega!

V

De las nueve de la noche en adelante,
viendo televisión y conversando
estoy esperando la muerte de mi padre.
Desde hace tres meses, esperando.
En el trabajo y en la borrachera,
en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
en su dolor tan lleno y derramado,
su no dormir, su queja y su protesta,
en el tanque de oxígeno y las muelas
del día que amanece, buscando la esperanza.

Mirando su cadáver en los huesos
que es ahora mi padre,
e introduciendo agujas en las escasas venas,
tratando de meterle la vida, de soplarle
en la boca el aire…

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos
por tratar de escribir estas cosas.
¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Quiero decir que no soy enfermero,
padrote de la muerte,
orador de panteones, alcahuete,
pinche de Dios, sacerdote de penas.
Quiero decir que a mí me sobre el aire…

VI

Te enterramos ayer.
Ayer te enterramos.
Te echamos tierra ayer.
Quedaste en la tierra ayer.
Estás rodeado de tierra
desde ayer.
Arriba y abajo y a los lados
por tus pies y por tu cabeza
está la tierra desde ayer.
Te metimos en la tierra,
te tapamos con tierra ayer.
Perteneces a la tierra
desde ayer.
Ayer te enterramos
en la tierra, ayer.

VII

Madre generosa
de todos los muertos,
madre tierra, madre,
vagina del frío,
brazos de intemperie,
regazo del viento,
nido de la noche,
madre de la muerte,
recógelo, abrígalo,
desnúdalo, tómalo,
guárdalo, acábalo.

VIII

No podrás morir.
Debajo de la tierra
no podrás morir.
Sin agua y sin aire
no podrás morir.
Sin azúcar, sin leche,
sin frijoles, sin carne,
sin harina, sin higos,
no podrás morir.
Sin mujer y sin hijos
no podrás morir.
Debajo de la vida
no podrás morir.
En tu tanque de tierra
no podrás morir.
En tu caja de muerto
no podrás morir.
En tus venas sin sangre
no podrás morir.
En tu pecho vacío
no podrás morir.
En tu boca sin fuego
no podrás morir.
En tus ojos sin nadie
no podrás morir.
En tu carne sin llanto
no podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
No podrás morir.
Enterramos tu traje,
tus zapatos, el cáncer;
no podrás morir.
Tu silencio enterramos.
Tu cuerpo con candados.
Tus canas finas,
tu dolor clausurado.
No podrás morir.

IX

Te fuiste no sé a dónde.
Te espera tu cuarto.
Mi mamá, Juan y Jorge
te estamos esperando.
Nos han dado abrazos
de condolencia, y recibimos
cartas, telegramas, noticias
de que te enterramos,
pero tu nieta más pequeña
te busca en el cuarto,
y todos, sin decirlo,
te estamos esperando.

X

Es un mal sueño largo,
una tonta película de espanto,
un túnel que no acaba
lleno de piedras y de charcos.
¡Qué tiempo éste, maldito,
que revuelve las horas y los años,
el sueño y la conciencia,
el ojo abierto y el morir despacio!

XI

Recién parido en el lecho de la muerte,
criatura de la paz, inmóvil, tierno,
recién niño del sol de rostro negro,
arrullado en la cuna del silencio,
mamando obscuridad, boca vacía,
ojo apagado, corazón desierto.

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,
cielo enterrado y manantial aéreo
voy a volverme un llanto subterráneo
para echarte mis ojos en tu pecho.

XII

Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.

XIII

Padre mío, señor mío, hermano mío,
amigo de mi alma, tierno y fuerte,
saca tu cuerpo viejo, viejo mío,
saca tu cuerpo de la muerte.

Saca tu corazón igual que un río,
tu frente limpia en que aprendí a quererte,
tu brazo como un árbol en el frío
saca todo tu cuerpo de la muerte.

Amo tus canas, tu mentón austero,
tu boca firme y tu mirada abierta,
tu pecho vasto y sólido y certero.

Estoy llamando, tirándote la puerta.
Parece que yo soy el que me muero:
¡padre mío, despierta!

XIV

No se ha roto ese vaso en que bebiste,
ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.
Ni se quemó la cama en que moriste,
ni sacrificamos un gato.

Te sobrevive todo. Todo existe
a pesar de tu muerte y de mi flato.
Parece que la vida nos embiste
igual que el cáncer sobre tu omóplato.

Te enterramos, te lloramos, te morimos,
te estás bien muerto y bien jodido y yermo
mientras pensamos en lo que no hicimos

y queremos tenerte aunque sea enfermo.
Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos
a no ser habitantes de tu infierno.

XV

Papá por treinta o por cuarenta años,
amigo de mi vida todo el tiempo,
protector de mi miedo, brazo mío,
palabra clara, corazón resuelto,

te has muerto cuando menos falta hacías,
cuando más falta me haces, padre, abuelo,
hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

Te has muerto y me has matado un poco.
Porque no estás, ya no estaremos nunca
completos, en un sitio, de algún modo.

Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
a empobrecerlo más, y a hacer a solas
tus gentes tristes y tu Dios contento.

XVI

(Noviembre 27)

¿Será posible que abras los ojos y nos veas
ahora?
¿Podrás oírnos?
¿Podrás sacar tus manos un momento?

Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta,
tu cumpleaños, viejo.
Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos
venimos a abrazarte, todos, viejo.
¡Tienes que estar oyendo!
No vayas a llorar como nosotros
porque tu muerte no es sino un pretexto
para llorar por todos,
por los que están viviendo.
Una pared caída nos separa,
sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

XVII

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

Eras, cuando caía, eras mi abismo,
cuando me levantaba, mi fortaleza.
Eras brisa y sudor y cataclismo,
y eras el pan caliente sobre la mesa.

Amputado de ti, a medias hecho
hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
desmantelada el alma, abierto el pecho,

Ofrezco a tu dolor un crucifijo:
te doy un palo, una piedra, un helecho,
mis hijos y mis días, y me aflijo.

SEGUNDA PARTE

I

Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos,
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente agrietándose, hundiéndose,
tronchando obscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus desechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había tu boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II

Mientras los niños crecen y las horas nos hablan
tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.

¡Es tan fácil decirte “padre mío”
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!

Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.

¡Si sólo se pudiera decir: “papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada”
!Si con un trago te tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
-herida abierta, vómito de sangre-
te agarrara la cara!

Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas

sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni -no- las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua,
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo obscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.

(Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)

He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?

Ángeles degollados puse al pie de tu caja,
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

III

Sigue el mundo su paso, rueda el tiempo
y van y vienen máscaras.
Amanece el dolor un día tras otro,
nos rodeamos de amigos y fantasmas,
parece a veces que un alambre estira
la sangre, que una flor estalla,
que el corazón da frutas, y el cansancio
canta.

Embrocados, bebiendo en la mujer y el trago,
apostando a crecer como las plantas,
fijos, inmóviles, girando
en la invisible llama.
Y mientras tú, el fuerte, el generoso,
el limpio de mentiras y de infamias,
guerrero de la paz, juez de victorias
-cedro del Líbano, robledal de Chiapas-
te ocultas en la tierra, te remontas
a tu raíz obscura y desolada.

IV

Un año o dos o tres,
te da lo mismo.
¿Cuál reloj en la muerte?, ¿qué campana
incesante, silenciosa, llama y llama?
¿qué subterránea voz no pronunciada?
¿qué grito hundido, hundiéndose, infinito
de los dientes atrás, en la garganta
aérea, flotante, pare escamas?

¿Para esto vivir? ¿para sentir prestados
los brazos y las piernas y la cara,
arrendados al hoyo, entretenidos
los jugos en la cáscara?
¿para exprimir los ojos noche
a noche en el temblor obscuro de la cama,
remolino de quietas transparencias,
descendimiento de la náusea?

¿Para esto morir?
¿para inventar el alma,
el vestido de Dios, la eternidad, el agua
del aguacero de la muerte, la esperanza?
¿morir para pescar?
¿para atrapar con su red a la araña?

Estás sobre la playa de algodones
y tu marca de sombras sube y baja.

V

Mi madre sola, en su vejez hundida,
sin dolor y sin lástima,
herida de tu muerte y de tu vida.

Esto dejaste. Su pasión enhiesta,
su celo firme, su labor sombría.
Árbol frutal a un paso de la leña,
su curvo sueño que te resucita.
Esto dejaste. Esto dejaste y no querías.

Pasó el viento. Quedaron de la casa
el pozo abierto y la raíz en ruinas.
Y es en vano llorar. Y si golpeas
las paredes de Dios, y si te arrancas
el pelo o la camisa,
nadie te oye jamás, nadie te mira.
No vuelve nadie, nada. No retorna
el polvo de oro de la vida.

Déjame reposar JAIME SABINES

ANDRÓMEDA, ESCRIBE HORACIO POR MARCO MARTOS

ANDRÓMEDA ESCRIBE HORACIO POR MARCO MARTOS

ANDRÓMEDA, ESCRIBE HORACIO
POR Marco Martos

Te percibí días antes de la batalla de Filipos,
desgraciada para la república de Roma,
luz del amanecer para el imperio de Augusto.
Recogías nenúfares a orillas del río
y tu sonrisa condensaba la alegría del universo.
Quedé cautivado por tu belleza
y por tu nombre mítico, Andrómeda.
Chocaron las armas, escapé por milagro de la muerte,
y no volví a verte Andrómeda, salvo en sueños.
¡Qué triste mi vida en Roma como Cuestor del imperio!
No es un bálsamo la amistad de Mecenas, conseguida luego,
ni conocer a Virgilio, ni al mismo Octavio coronado,
ni alternar con las patricias romanas.
¡Quiero arrojarme en tus brazos
y tú me has arrojado al olvido para siempre!

 

EL AMOR ES FUEGO WANG WEI ESCRIBE A LA DAMA TU SAN

Lo acechan ¿cómo no saberlo? Mi muerte o tu muerte
o la pasión de los que hacen de la envidia su centro,

EL AMOR ES FUEGO WANG WEI ESCRIBE A LA DAMA TU SAN POR MARCO MARTOS
EL AMOR ES FUEGO
WANG WEI ESCRIBE A LA DAMA TU SAN
POR Marco Martos

EL AMOR ES FUEGO
WANG WEI ESCRIBE A LA DAMA TU SAN
POR Marco Martos

El amor que te ofrezco es el de los comienzos,
una flor de ilusión amarilla en el páramo eterno,
durará toda la vida y quedará después escrito en palabras intensas.
Lo acechan ¿cómo no saberlo? Mi muerte o tu muerte
o la pasión de los que hacen de la envidia su centro,
pero ha pasado por muchas primaveras
y numerosos inviernos con sus heladas
y su llama quema al que se acerca,
como una recién encendida alegría, ¡fuego de los inicios!