QUEMÁNDOME DE A POCOS POR FANNY JEM WONG

QUEMÁNDOME DE A POCOS
Publicado el 20/04/2008 a 06:45
Por jemwong
 
 

 

 

QUEMÁNDOME DE A POCOS

Hoy escribo quemándome de a pocos,
mientras las cuerdas de la vieja guitarra
rompen con su llanto los  silencios…
Con el pecho arponeado de recuerdos,
con  las manos colmadas de ocasos.

Quemándome de a pocos,
a sabiendas  de que he de morir
alejada de las ausentes flores
que adornaran alguna vez la  mesa.

Quemándome de a pocos,
Con  los pies cansados y cubiertos
hasta la absurda cabeza, 
por estériles e inútiles semillas,
convertidas  tantas veces en versos.

Sofocada hasta el hartazgo,
con la derrota a cuestas,
con los sueños carbonizados,
con  las heridas secas…

 
Quemándome de frío
entre campanarios muertos,
con  las verdades pintadas
sobre sábanas desvanecidas.

Hoy le escribo, a la sabiduría
de su almidonado cuello,
al corazón de su lustroso calzado
quemándome de a pocos

Porque para morirme esta noche
al son de las embrutecidas neuronas
de su colosal  y palpitante armadura
lo que me sobra, lo que me sobra… es  tiempo.

 FANNY JEM WONG
19.04.2008

 
“Cíñete la corona y enciende de una vez por todas el pensamiento”

JEM

 

 

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LAS COSAS QUE DISFRUTO : MARIZA – MEU FADO MEU FADO

MARIZA – MEU FADO MEU FADO

Saturday, April 19, 2008

 

LAS COSAS QUE DISFRUTO : MARIZA – MEU FADO MEU FADO

http://es.youtube.com/p/3BECA42FF12E2908

Posted by FANNY JEM WONG at 5:21 PM

LAS COSAS QUE DISFRUTO :Aria Madam Butterfly

LAS COSAS QUE DISFRUTO :Aria Madam Butterfly

 

Madame Butterfly

Giacomo Puccini terminó la partitura de Butterfly en la Navidad de 1903. El estreno tuvo lugar en la Scala de Milán el 17 de febrero de 1904 y a pesar de la gran actuación de la soprano Rosina Storchio fue una de las veladas más desdichadas de la historia de la ópera. El fracaso fue absoluto y vergonzoso. hLm!.com presenta la historia de una de las óperas mas representativas del maestro italiano que durante mucho tiempo fue la más representada en el ámbito internacional.

Tragedia japonesa en tres actos. Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, basado en la novela de John Luther Long y en la pieza teatral de David Belasco, basada a su vez en la novela.

“Cartas al Castor”, de Jean-Paul Sartre


 

“Cartas al Castor”, de Jean-Paul Sartre

 

 

A Simone de Beauvoir

Mi querido Castor

Le escribo al calor de la lumbre, bien arrimado a la estufa, aunque el tiempo sea ahora mucho más clemente. Esta noche, incluso, hubo deshielo, y como la antevíspera las tuberías habían reventado, a eso de las dos un rugido despertó a Paul -yo dormía como un bendito-. Creyó que era el fuego, pero era el agua. Se vistió a toda prisa y se lanzó al pasillo, ya inundado. Hubo un tremendo ajetreo y finalmente cortaron el agua. No tenemos ni una gota para lavarnos -sabe usted que esto no me preocupa mucho-. Sólo es un fastidio por los retretes, que ahora no podemos limpiar, y en los que excrementos de diversas procedencias se interpenetran íntimamente al capricho de las heladas y deshielos hasta constituir un budín inmundo y voluminoso. “Hacemos” en el campo. Creo que Paul sufre las consecuencias y está estreñido por vergüenza de mostrar el culo.

Hoy, pues, era Año Nuevo. No se tradujo en nada fuera de lo común, salvo que hubo un excelente choucroute y mucha gente en el restaurante de la estación. Y ayer, Nochevieja, tampoco sucedió gran cosa, excepto que una ignota bestia puso a todo volumen la radio de los oficiales, tras marcharse éstos, y acompañó la música aporreando al azar el teclado del piano, hasta medianoche. Yo, por mi parte, escribía tranquilamente en nuestro pequeño local.


El paisaje es siempre el mismo, un tenue polvillo de nieve, un poquito de blanco por todas partes, bastaría rascar apenas con la uña y aparecería el negro de la tierra helada y de los árboles. Estuve todo el día retocando pasajes de mi novela, en cuanto acabe me pondré a trabajar en Septembre; estoy contentísimo. Espero poder publicar los dos volúmenes a la vez, sería mejor, se vería mejor a dónde apunto. Aquí el mundo es idéntico a sí mismo: Paul siempre alarmado; Mistler me presta mil pequeños servicios a cambio de mis enseñanzas. Fue él quien hizo los paquetes de libros que les enviaré a Bost y a usted en cuanto me haya mandado algún dinero y, como un soldado me había pedido El muelle de las brumas, de Marc Orlan (por error, creyendo que iba a encontrar entera la historia de la película) y yo le había pedido a Mistler que me lo recordara, esta mañana vino a hacerme acordar pero el libro estaba en uno de los paquetes de Bost y entonces deshizo el paquete y después lo ató de nuevo. Además hará que me envíen los Nocturnos y Preludios de Chopin para que los estudie al piano. Entre los secretarios y nosotros hay envidias de familia. Por supuesto, los envidiados somos nosotros. Parece que es mi suerte despertar envidia por todas partes, desde la Ciudad Universitaria hasta aquí. Pero, sobre todo, hablan. Es una clase de envidia débil e impotente que sólo conocía de oídas y que ni siquiera llega a la maledicencia. Por ejemplo, todas las mañanas, cuando vuelvo de desayunar, paso delante de sus ventanas y ellos comentan: “Vaya, es Sartre volviendo del café. Sí. Ha estado con la linda Charlotte. Los otros habrán hecho el sondeo sin él”, etc. No difiere de la constatación de hecho más que en la intención de censura amistosa que le ponen, pero en el fondo es una simple constatación de hecho, porque no consiguen determinar exactamente lo que hay que censurar: ¿que yo disponga de bastante dinero, tiempo, puerilidad para permitirme un desayuno en el café? Todas las mañanas el objeto les parece vagamente escandaloso, y todas las mañanas lo señalan al pasar, sin más, se ha vuelto un menudo escándalo habitual del que no podrían prescindir. Están en el grado inferior de la escala. Naturalmente, todo esto me lo comunica el bueno de Mistler, quien hasta querría que dé un rodeo para evitar sus miradas, pero como ya se puede usted figurar, sería demasiado cansador. Y eso es todo. El Diario de Stendhal me encanta, estoy leyendo el tercer tomo, su historia con la señora Daru, es muy divertido. También leo el libro de Rauschning, realmente instructivo, incluso haré un resumen en el cuaderno; y además un poco las Provinciales y también un poco Jacques le Fataliste. Tania me escribe: “Estoy leyendo un libro estupendo que debo enviarte”. Me pierdo en conjeturas. ¿Será El diablo enamorado?

Hoy no ha habido carta suya. Pero como ayer tuve tres, no me quejo demasiado. Tengo muchísimas ganas de verla, querido amor mío. Éste es el período un tanto crispante en que el permiso se aleja o se aproxima de día en día, según las diferentes informaciones y el humor del cabo que hace las listas en el C.G. Pero voy a defenderme. Quisiera partir en quince días, si fuera posible. Hasta pronto, dulce Castor, que duerme ya tras haber esquiado tanto. Ya sabe que me levanto tempranísimo, como usted. Cuando usted se está calzando sus pequeños esquís, yo hace tiempo me he puesto mis polainas y he bajado a medir el viento para telefonear un panorama general al puesto meteorológico del cuerpo de ejército. Duermo poco pero estoy animoso. Hasta mañana, mi pequeña flor, la quiero con todas mis fuerzas.

Primero de enero, 1940

De Marta Lynch a Fernando Sánchez Sorondo


De Marta Lynch a Fernando Sánchez Sorondo

 

Querido Fernando Sánchez Sorondo:

He leído con mucha atención todo cuanto se dice de la medicina ortomolecular. Yo no sé cómo salvarme, a mi vez, del naufragio, pero no me gusta cansar a los demás con mis problemas. Ocurre que usted no es los demás, más aún, es una persona muy especial que me hace bien. No me animo a tirar todo a la mierda e irme a vivir mi propia a aventura, como dice usted, ni tengo la ayuda de la parapsicóloga que se le acercó después de Ampolla (1). ¿A falta de parapsicóloga no quiere, de veras, tomar un café conmigo? ¿Ya sea en mi casa que es muy acogedora o en un lugar neutral? En asuntos como éste yo hablo mejor que escribo y puedo asegurarle que no cedo ni un poquito a lo que llaman regodeo pajeril. Quiero ver al doctor Maríncola, pero le advierto que usted omitió mandarme tarjeta alguna, seguramente se le olvidó, así que recibí la carta pero no los datos del doctor al que quiero ver a toda costa.

Fernando, ¿de qué tarjeta me hablás?, no me mandaste ninguna tarjeta, de modo que te ruego me hagas llegar la dirección del Dr. y su número telefónico. Leo con verdadera y estimulante esperanza que esta ciencia es muy buena en casos de depresiones y angustias pero no entiendo un carajo la tesis de que todo se reduce a la alquimia y la cabeza, el adecuado equilibrio químico. No creo que usted sea un paciente que ha recuperado su equilibrio hasta el punto de independizarse del propio Maríncola. Mi ideal sería independizarme de todos. Lo único que no padezco son insomnios y mi novela anda a los tumbos como todo en esta parte de la vida. Me hago cargo que escribe mientras desayuna a las dos de la mañana. A esa hora yo suelo bajar a comer arroz con leche Gándara, que es muy reconfortante.

Ahora lo dejo para seguir luchando con mis náuseas (uno de los tantos síntomas)y con el texto incipiente.

La paz sea con vos señor Fernando, envíame el teléfono de tu santo ortomolecular y recordame.

Marta Lynch

(1)Novela de Sánchez Sorondo

Marta Lynch fue una escritora argentina. En su prosa se percibía la angustia ante el paso del tiempo y el horror a la vejez que la llevarían al suicidio. No creía que fuera posible la felicidad sin belleza. Ya se había hecho demasiadas cirugías. El 8 de octubre de 1985, trabó la puerta de su cuarto y se pegó un tiro. Esta carta se la escribió a Sánchez Sorondo, otro escritor argentino.